Vivir en 2020 fue vivir de recuerdos. Entonces, la casa de la infancia se convirtió más que nunca en mi refugio. Allí comencé una búsqueda arqueológica de objetos que pertenecen a mi pasado, pero que seguían guardados en cajones, como esperando. Estos artículos se complementaron con los negativos que hasta el momento descansaban en cajas. A partir de ambos, se construyen nuevas imágenes. Como contrapunto, se fotografía la naturaleza, en la que en general percibimos nítidamente el paso del tiempo. Las flores se marchitaron luego de su retrato. Así, los niños de las imágenes son hoy adultos, pero están ahí, en los fotogramas, como las cosas en los cajones. Pero el tiempo da pelea y corroe los negativos, carcome los objetos, degrada nuestra memoria… La textura del papel en mi escáner improvisado se imprime sobre los rostros haciéndolos reconocibles solo para aquellos que ya los conocíamos. Para los demás son nuevas preguntas, interrogantes sobre una historia ajena, que bien podría ser la propia
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